«Mi cuerpo no era mío, hasta que aprendí a decir no» – El testimonio de una mujer que recuperó su soberanía
El testimonio de una mujer que recuperó su soberanía
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Por Esteban Luarca Mendizábal
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Tiempo de lectura: 9 minutos
«Durante años, mi cuerpo fue un territorio ocupado. Mi pareja, mis hijos, mi madre, la sociedad… todos tenían algo que decir sobre él. Hasta que entendí que mi cuerpo era mío. Y que el primer paso para recuperarlo era aprender a decir no.»
La conocí en un parque de Madrid, una tarde de primavera en la que el sol se filtraba entre los árboles y el viento parecía querer quedarse a escuchar. Se llamaba Silvia. Cuarenta y siete años. En su mirada había una paz que no se encuentra en los libros, sino en el viaje de vuelta a casa.
—¿Cómo empezó todo? —pregunté, mientras ella se sentaba en el banco y colocaba sus manos sobre las rodillas como quien se prepara para un viaje interior.
—Nunca supe que mi cuerpo era mío —dijo, con una honestidad que desarmaba—. Crecí en una familia donde el cuerpo era un tema tabú. Mi madre me enseñó que mi cuerpo era para agradar, para ser visto, para ser aprobado. Y ese mensaje se quedó conmigo durante décadas.
—¿Y en tu vida adulta?
—En mi vida adulta, mi cuerpo siguió sin ser mío. Primero, fue de mi pareja. Él decidía cuándo, cómo y de qué manera. Luego, fue de mis hijos: mis pechos eran para alimentar, mis brazos para sostener, mi tiempo para estar disponible. Yo era una extensión de las necesidades de los demás, y mi cuerpo era el vehículo de esa entrega.
«El cuerpo de una mujer no es un campo de batalla para las expectativas de los demás. Es su territorio, su hogar, su santuario.»
— Anónimo
El territorio ocupado
—¿Cómo describirías esa sensación?
Silvia miró al frente, como si buscara en los árboles las palabras justas.
—Como vivir en un piso alquilado donde los inquilinos hacen lo que quieren. El cuerpo era mío, pero no podía decidir sobre él. Si mi pareja quería tener sexo, tenía que tenerlo, aunque estuviera cansada. Si mi hijo quería estar todo el día en brazos, tenía que cargarlo, aunque me doliera la espalda. Si mi madre decía que estaba gorda, tenía que adelgazar. Mi cuerpo era un campo de batalla donde todos tenían voz menos yo.
—¿Y sentías culpa?
—Siempre. Cada vez que quería decir ‘no’, sentía una culpa enorme. Me decía a mí misma que era egoísta, que las madres no se quejan, que las mujeres de verdad aguantan. Y aguanté. Hasta que no pude más.
Silvia me contó que el momento del colapso llegó cuando su hija, de trece años, empezó a tener problemas de alimentación. Que, al intentar ayudarla, se dio cuenta de que ella también tenía una relación tóxica con su propio cuerpo.
El espejo de su hija
—Mi hija dejó de comer —dijo, con la voz quebrada—. Y yo, que siempre había estado atenta a todo, no lo vi. No vi que ella me miraba y veía a una mujer que no se quería, que no se respetaba, que no se escuchaba. Y ella estaba repitiendo mi patrón.
—¿Qué hiciste?
—Al principio, le dije que comiera, que no fuera tonta. Pero luego entendí que no era a ella a quien tenía que ayudar, era a mí. Empecé a ir a terapia. Y en terapia, me di cuenta de que mi cuerpo era el último territorio que me quedaba por recuperar.
Silvia me contó que la terapia fue un viaje hacia el interior. Que aprendió a escuchar su cuerpo, a respetar sus límites, a decir no sin culpa. Que empezó a hacer ejercicio porque a ella le gustaba, no para estar delgada. Que empezó a vestirse como quería, no como los demás esperaban.
—Fue un proceso largo —admitió—. Tuve que desaprender muchas cosas. Tuve que aprender que decir no no era ser mala, era ser honesta. Que mi cuerpo no era un objeto para ser mirado, sino un territorio sagrado que merecía ser respetado.
🌱 Lo que Silvia aprendió en su camino:
- Decir no no es egoísmo, es autocuidado. Es establecer un límite entre lo que puedes dar y lo que necesitas para ti.
- Tu cuerpo es tu hogar. Si no te sientes a gusto en él, es difícil sentirte a gusto en el mundo.
- La culpa es el mecanismo que usamos para no enfrentar el miedo a decepcionar a los demás.
- El ejemplo que das a tus hijos sobre tu relación con tu cuerpo es el mayor legado que puedes dejarles.
- Recuperar tu soberanía es un acto de rebeldía necesario.
La revolución silenciosa
—¿Y tu hija?
Silvia sonrió, una sonrisa que era medio alivio, medio orgullo.
—Mi hija empezó a mejorar cuando yo empecé a mejorar. No fue porque le dijera qué hacer, sino porque vio que yo estaba haciendo algo por mí misma. Empezó a comer cuando vio que yo comía sin culpa. Empezó a querer su cuerpo cuando me vio queriendo el mío. Fue una lección de la que aún no sé si soy consciente del todo.
—¿Cómo defines ahora tu relación con tu cuerpo?
—Ahora, mi cuerpo es mi aliado. No es perfecto, tiene cicatrices, tiene estrías, tiene kilos de más. Pero es mío. Y cuando lo miro al espejo, no veo lo que falta, veo lo que hay. Veo una historia de supervivencia, de lucha, de aprendizaje. Veo el cuerpo de una mujer que aprendió a decir no.
—¿Qué le dirías a una mujer que aún no ha empezado ese viaje?
—Le diría que no espere a que su cuerpo sea perfecto para quererlo. Que el amor propio no es un destino, es un camino. Que aprender a decir no es el primer paso para decir sí a ti misma. Y que, aunque duela, aunque dé miedo, merece la pena. Porque recuperar tu cuerpo es recuperar tu vida.
«No te arrepientas de las veces que dijiste no. Tu cuerpo te lo agradecerá. Y tu alma también.»
— Fragmento de su diario
El regreso a casa
Cuando la entrevista llegaba a su fin, Silvia miró el reloj. Tenía una cita con su hija, dijo, para ir a nadar. Y en esa cita había una promesa: la de seguir construyendo una nueva relación con su cuerpo y con el de su hija.
—¿Hay algo más que quieras añadir? —pregunté, mientras ella se levantaba.
Silvia se detuvo. El viento movió sus cabellos y, por un instante, pareció que el parque entero estaba en silencio.
—Una cosa —dijo—. A veces, las mujeres nos pasamos la vida esperando que alguien nos dé permiso para ser nosotras. Y nadie va a darte ese permiso. Tienes que dártelo tú misma. Esa es la lección más importante que he aprendido: que mi cuerpo es mío, y que la única persona que puede decidir sobre él soy yo.
Mientras se alejaba entre los árboles, el sol de la tarde se reflejaba en su espalda, iluminando su camino. Recordé una frase de la escritora y activista Gloria Steinem que siempre vuelve a mí cuando escucho historias como esta: «Una mujer no necesita ser perfecta para ser valiosa. Solo necesita ser dueña de sí misma.»
Silvia había aprendido a ser dueña de sí misma. Y esa soberanía, ese regreso a casa, era su mayor tesoro.
💬 Para reflexionar:
- ¿Has sentido que tu cuerpo no era tuyo? ¿Qué te hacía sentir así?
- ¿Cómo has aprendido a decir no sin culpa?
- ¿Qué mensaje sobre el cuerpo te gustaría transmitir a tus hijos?
- ¿Qué significa para ti la soberanía corporal?
📌 Si esta historia te ha resonado:
Te invitamos a leer más testimonios de vida que exploran el autoconocimiento y la recuperación personal. También puedes profundizar en cómo los sesgos cognitivos influyen en nuestra percepción del propio cuerpo y descubrir el arquetipo de la sanadora y cómo la curación empieza por una misma.
Si has vivido el proceso de recuperar tu cuerpo y tu soberanía, tu testimonio puede inspirar a otras. Compártelo en los comentarios. Aquí celebramos que el cuerpo es el primer territorio que debemos aprender a defender.
📌 Si esta historia te ha llegado al corazón, compártela con esa amiga que está aprendiendo a decir no. Con quien necesita escuchar que su cuerpo es su hogar. Con quien necesita saber que la soberanía empieza en la piel.