El relojero de las horas muertas
—No te muevas.
La voz del Juguetero llegó desde el fondo del taller, pero no buscaba a Leo. Hablaba con el reloj que sostenía entre sus dedos, como si aquel mecanismo de latón herrumbroso fuera un animal herido.
—No te muevas, que ya te encuentro el pulso.
Leo apoyó la frente contra el cristal de la ventana. Al otro lado, el mar golpeaba los cimientos de la Casa Blanca de Persianas Verdes. Las persianas, en realidad, ya no eran verdes; el salitre las había vuelto grises, como la mirada de su madre. Los clavos se oxidaban, pero la casa se negaba a caer. Lo mismo le pasaba a ella.
—Mi madre ya no me reconoce —dijo Leo, sin volverse.
El Juguetero dejó el reloj sobre la mesa. No era un hombre viejo, pero sus manos parecían hechas de raíces y paciencia.
—Eso no es cierto. La memoria no es un solo camino. Tú estás en la parte de atrás de su cabeza, donde el viento no llega. Pero ella sabe que estás.
—Anoche me preguntó quién era. Se rió, como si yo fuera un extraño gracioso.
—¿Y tú qué hiciste?
—Me reí con ella.
El Juguetero asintió. Leo se volvió, y en la penumbra del taller, las estanterías de juguetes parecían un bosque de pequeños silencios. Peonzas, barcos de papel, pájaros de hojalata. Pero el centro de todo era aquel reloj de bolsillo.
—Ese reloj —dijo Leo, señalándolo—. ¿Qué hace?
—No mide las horas que pasan. Mide las que volvieron.
El Juguetero lo abrió. La esfera no tenía números, solo dos agujas invertidas que giraban hacia la izquierda.
—Es para tu madre.
—No quiero que recuerde lo malo.
—Entonces no le des esto. Dale el olvido.
El Juguetero sacó otro reloj de un cajón. Era idéntico, salvo por una cosa: las manecillas estaban quietas.
—Si le regalas este, se dormirá y, al despertar, habrá perdido los últimos diez años. Tu cara le resultará familiar, pero no sabrá por qué. No recordará tu infancia, pero tampoco recordará la muerte de tu padre. No sentirá dolor.
Leo sintió que la tierra se abría bajo sus pies. El mar rugió al otro lado de la ventana.
—¿Y el primero? —preguntó, con la garganta seca.
—El primero… la hace recordar todo. Cada minuto de aquel día de tormenta. Cada segundo en que tu padre se fue al mar y no volvió. Pero también el minuto antes. El abrazo que le dio. La promesa de volver.
Leo alargó la mano hacia el reloj quieto. Era la vía fácil. El sueño. El alivio sin memoria.
Pero entonces recordó la risa de su madre. Aquella risa hueca del día anterior, una carcajada vacía porque no sabía quién era el chico que le contaba un chiste. Y supo que prefería mil veces un abrazo lleno de llanto a una sonrisa vacía.
—Quiero que me reconozca —dijo, apartando el reloj del olvido y tomando el que giraba al revés—. Quiero que llore. Pero que sepa que estoy aquí.
El Juguetero sonrió, y por primera vez, Leo vio en sus ojos la misma tristeza que en los suyos.
—Entonces dale este. Pero ten cuidado: cuando recuerde, también recordará que tú no estuviste allí. Que no pudiste salvar a tu padre. Y te odiará por unos segundos.
—Lo sé.
—¿Aun así?
Leo guardó el reloj en su bolsillo y caminó hacia la puerta. El viento salado entraba por las rendijas.
—Un segundo de odio —dijo, con la mano en el picaporte— vale más que diez años de indiferencia.
Salió a la tormenta. La casa blanca crujió a su espalda, pero no se derrumbó. El Juguetero se quedó solo, acariciando la madera de un barco que nunca llegaría a puerto.
—Corre, muchacho —susurró—. Que el tiempo no espera a nadie.
Edad recomendada: +14 años · Género: Realismo mágico / Drama familiar · 1.150 palabras · Tema central: La memoria y el duelo